El pasado fin de semana asistí a un curso sobre el Bhagavad Gita con Anna Costanza, profesora y estudiosa de la filosofía del Yoga. Fue una de esas experiencias que te remueven por dentro y de las que sales con más preguntas que respuestas —en el mejor sentido posible—. Estas son mis reflexiones.
Hoy quiero hablarte del Bhagavad Gita.
El Bhagavad Gita es un texto sagrado hindú de 700 versos, dividido en 18 capítulos, que forma parte del épico Mahabharata —considerado como la «biblia» del hinduismo—. Bhagavad Gita, o simplemente «la Gita», significa literalmente «Canto del Señor», refiriéndose a Krishna como encarnación divina. Es uno de los textos más importantes de la literatura india y de la literatura mundial.
Se trata de un diálogo sagrado entre el príncipe Arjuna y Krishna —que representa la conciencia divina— en medio de un campo de batalla (Kurukshetra) que simboliza nuestras propias luchas internas.
La Gita es esencial porque describe las tres grandes sendas del yoga que todo practicante recorre:
- Karma Yoga — el camino de la acción desinteresada
- Bhakti Yoga — el camino de la devoción y el amor
- Jñana Yoga — el camino del conocimiento y la sabiduría
Estas sendas no están separadas. Cuando practicamos ashtanga yoga con disciplina, estamos realizando una acción (Karma) con entrega (Bhakti) para alcanzar una mayor claridad sobre quiénes somos realmente (Jñana).
Nuestro maestro Sharath Jois recomendaba esta lectura junto con los Yoga Sutras. Tanto él como Pattabhi Jois transmitían que la filosofía no debía ser algo meramente intelectual, sino algo que se vive y se experimenta en la práctica diaria.
Actuar sin apegarse a los resultados
La Gita nos enseña a actuar sin apegarnos a los frutos de nuestras acciones —esto seguro que te suena—. En lugar de practicar esperando ciertos resultados con las posturas, se trata de mantenernos constantes y presentes en el proceso, independientemente de lo que llegue. Hacer lo que te corresponde hacer, pero sin querer controlar el resultado.
La frase «Practica y todo llegará» es un buen ejemplo de esto, aunque creo que solemos interpretarla mal. Tendemos a entenderla como: si practicas, algún día llegarán los resultados que esperas. Al menos yo misma lo he hecho así. Pero ahora pienso que su sentido es justamente el opuesto: tú practica, y punto. Ya llegará lo que tenga que llegar, y lo que no, pues no llegará.
La esterilla como campo de batalla
No puedo evitar pensar en la esterilla como nuestro Kurukshetra: el campo de batalla donde se desarrollan nuestras luchas internas, donde tenemos nuestros propios diálogos y conflictos.
En la esterilla entrenamos la observación y la atención. En mi experiencia, es donde aprendemos a detectar nuestros patrones, a reconocer al «personaje» con el que nos identificamos —ese «yo» que siempre creímos ser—. Y de lo que se trata, precisamente, es de dejar «morir» a ese personaje identificado con el ego.
Porque la naturaleza del Ser es libre de ego y apegos. Es la Conciencia Suprema: eterna, omnipresente. Todos los seres compartimos una misma esencia, aunque nuestra forma sea diferente.
La Gita nos invita a actuar en el mundo desde este conocimiento del Ser. Así, nuestras acciones serán inteligentes, ecuánimes y con discernimiento. El yoga se define, de hecho, como la acción consciente, como la ecuanimidad de la mente.
Con nuestra práctica espiritual —nuestra Sadhana— tratamos de recordar esto. Porque saberlo puede resultar fácil, pero mantenerlo es difícil.
Como practicantes de ashtanga, tenemos la oportunidad, el espacio y la fortuna de recordar quiénes somos verdaderamente cada día. Nos entrenamos a diario para dejar de ser esclavos de nuestras reacciones dominadas por el ego, y para actuar libres de apegos, con ecuanimidad y consciencia.
Y lo maravilloso de este texto es que no te pide que te retires a las cuevas del Himalaya. Te pide una práctica interna.
Por eso te invito a practicar con estas enseñanzas en el corazón, recordando quién eres y actuando con ecuanimidad y desapego.
